Como reflexión a la actividad propuesta
y realizada en este bloque de aprendizaje, debo decir que me ha servido mucho
conocer la opinión de mis compañeros de curso respecto a los mitos que circulan
sobre la alimentación. Al igual que muchos de ellos, he crecido pensando que
debía desterrar los hidratos de carbono de mi dieta, que no debía tomar agua en
las comidas, dejar también la fruta para entre horas, que en la menopausia no
se puede perder peso, o que si hacía una dieta exprés podría quitarme rápido
esos kilos sobrantes y no recuperarlos. Todo eso, y mucho más, constituye la
globalidad de mitos y falacias que corren sobre cómo debemos alimentarnos de
manera equilibrada. He conocido en mis carnes el efecto yoyó posterior a una
dieta rápida, y lo perjudicial que resulta el ir acumulando kilos y kilos de
más como resultado de esa mala práctica. A nivel escolar, me parece fundamental
compartir con el alumnado el conocimiento aprendido, excluyendo los mitos y las
falsas promesas que existen sobre las bases de una alimentación y estilo de
vida saludable. Creo que es buena idea hacerlo a través de textos escritos, infografías
y material audiovisual. Compruebo curso tras curso, con alegría, que cada vez
tengo más alumnos que están cursando o que ya han acabado el grado de Dietética
y Nutrición, lo que me parece muy buen signo de que la sociedad actual está
interesada en aprender a comer después de convencerse finalmente de que sí
somos lo que comemos y lo que nos movemos. A lo largo de mi etapa escolar, no sentí
nunca esa curiosidad. Al igual que muchos niños de mi generación, crecí merendando
bollería industrial y haciendo cosas absurdas que nos permitían en el colegio,
tales como no hacer ejercicio en clase de gimnasia si estábamos menstruando.
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